domingo, 27 de septiembre de 2026

Monstruo: La historia de Lizzie Borden: una decepción exagerada que convierte un misterio real en una caricatura

Advertencia: este artículo contiene spoilers importantes de la serie.

Luego del éxito de la serie de Ed Gein, Netflix tenía entre manos uno de los casos más enigmáticos de la historia criminal de Estados Unidos. Sin embargo, Monstruo: La historia de Lizzie Borden termina siendo una mala serie: exagerada, poco creíble y tan empeñada en provocar que acaba destruyendo buena parte del misterio que pretendía explorar. Para quienes esperábamos una nueva entrega de Monstruo capaz de analizar la psicología de sus personajes y la sociedad de su tiempo, el resultado es una verdadera decepción.

La cuarta entrega de la antología creada por Ryan Murphy e Ian Brennan se estrenó el 17 de septiembre de 2026 y cuenta con ocho episodios. Ella Beatty interpreta a Lizzie Borden, acompañada por Vicky Krieps como Bridget Sullivan, Charlie Hunnam como Andrew Borden, Rebecca Hall como Abby Borden, Billie Lourd como Emma Borden y Sarah Paulson como Aileen Wuornos. Sobre el papel, el reparto y el caso parecían ofrecer todos los ingredientes para una gran producción. En la pantalla, en cambio, casi todo queda sepultado bajo el exceso.

Monstruo: La historia de Lizzie Borden: una decepción exagerada que convierte un misterio real en una caricatura

El caso real ya era suficientemente inquietante

El 4 de agosto de 1892, Andrew Borden y su segunda esposa, Abby, fueron encontrados asesinados a golpes de hacha dentro de su casa de Fall River, Massachusetts. Lizzie, hija de Andrew y de 32 años en aquel momento, fue detenida y juzgada por el doble homicidio, pero resultó absuelta en 1893. Nadie más fue acusado formalmente y la autoría de los crímenes nunca quedó establecida.

Esa incertidumbre es precisamente la razón por la que el caso continúa generando teorías más de 130 años después. Existían indicios que alimentaban las sospechas contra Lizzie, pero también graves debilidades en la investigación y en la acusación. Había conflictos familiares, tensiones económicas, testimonios discutidos y una escena del crimen que todavía permite interpretaciones diferentes.

La serie podía haber construido un thriller psicológico alrededor de esa ambigüedad. Podía hacer que el espectador dudara, cambiara de opinión y sintiera el encierro de aquella casa. En lugar de eso, decide dar respuestas rotundas a preguntas que la historia nunca pudo resolver y convierte una tragedia compleja en una fantasía sangrienta.

Una Lizzie sin misterio y unos personajes convertidos en caricaturas

Desde el comienzo, Monstruo: La historia de Lizzie Borden deja muy poco espacio para la duda. Su protagonista no es presentada como una posible sospechosa dentro de un caso lleno de zonas grises, sino como la responsable de los crímenes dentro de una historia de deseo, opresión y venganza. Esa elección podría funcionar en una obra de ficción declaradamente libre, pero resulta mucho más problemática cuando la producción utiliza nombres reales, recrea un proceso histórico y se promociona alrededor de un crimen sin resolver.

El mayor defecto no consiste simplemente en señalar a Lizzie. El problema es que la serie necesita deformar a casi todos los personajes para justificar su versión. Andrew y Abby aparecen como figuras grotescas y crueles; Bridget deja de ser una testigo fundamental para convertirse en amante y cómplice; Emma es transformada en una hermana hostil, y varias personas reales son colocadas en situaciones que nunca ocurrieron.

Los personajes rara vez parecen seres humanos condicionados por las normas, los prejuicios y las tensiones de finales del siglo XIX. Se comportan como piezas de una comedia negra deliberadamente estridente. Sus motivaciones están subrayadas una y otra vez, como si la serie desconfiara de cualquier emoción que no pudiera expresarse con gritos, sexo, fluidos corporales o golpes de hacha.

No son algunas licencias artísticas: es una historia casi nueva

Toda dramatización histórica necesita completar vacíos, condensar acontecimientos y formular hipótesis. Nadie debería exigirle a una serie que funcione como un documental. Pero existe una diferencia enorme entre interpretar lo desconocido y reemplazar los hechos por invenciones cada vez más extravagantes.

Estas son algunas de las alteraciones más importantes:

  • La culpabilidad de Lizzie: la serie la presenta como asesina, aunque fue absuelta y el doble crimen permanece oficialmente sin resolver.
  • El romance con Bridget Sullivan: no existe evidencia histórica que demuestre que Lizzie y la criada fueran amantes ni cómplices. La producción añade también una relación sexual entre Bridget y Andrew, además de un embarazo, sin respaldo documental.
  • El retrato de Andrew y Abby: sí hubo tensiones dentro de la familia Borden, pero no hay pruebas que sostengan buena parte del catálogo de crueldades extremas que la serie utiliza para convertirlos en villanos casi monstruosos.
  • El asesinato de Bertha Manchester: Bertha existió y fue asesinada con un hacha, pero el crimen ocurrió el 30 de mayo de 1893, casi diez meses después de los Borden y pocos días antes del juicio de Lizzie. No hay evidencia de que Lizzie o Bridget participaran. José Correa de Mello confesó el ataque y se declaró culpable de asesinato en segundo grado.
  • Nance O’Neil: Lizzie conoció a la actriz más de una década después del juicio. Por lo tanto, O’Neil no pudo prepararla para declarar, enseñarle a comportarse ante el jurado ni ayudarla con su defensa, como muestra la serie.
  • Emma Borden: no hay pruebas de que atacara a Lizzie o la acusara del doble asesinato. Por el contrario, permaneció a su lado durante el proceso. Las hermanas se distanciaron muchos años después.
  • Aileen Wuornos: la asesina serial nació casi tres décadas después de la muerte de Lizzie y no existe una conexión real entre ambas. Tampoco se alojó en la casa de los Borden: Wuornos estaba encarcelada desde 1991 y la vivienda comenzó a funcionar como alojamiento en 1996.

Por separado, alguna de estas decisiones podría aceptarse como recurso dramático. Juntas, cambian la cronología, las relaciones, las motivaciones, la identidad de los responsables e incluso la naturaleza del caso. Ya no estamos ante una interpretación arriesgada de la historia de Lizzie Borden, sino ante una historia nueva que utiliza su nombre como reclamo.

Sensacionalismo, vulgaridad y una violencia que pierde impacto

La serie también confunde intensidad con acumulación. La sangre, el sexo, los vómitos, la humillación y las imágenes grotescas aparecen con tanta frecuencia que dejan de producir inquietud. En vez de aumentar la tensión, la repetición termina acercando algunas escenas a una parodia involuntaria.

El asesinato de Andrew es un buen ejemplo. La evidencia histórica sugiere un ataque rápido mientras estaba recostado en un sofá y sin señales de una larga lucha dentro de la habitación. La serie lo transforma en una extensa secuencia de persecución y resistencia física, con el hacha clavada en su cuerpo y una sucesión de golpes diseñada para llevar el espectáculo al límite. Puede ser impactante durante unos segundos, pero sacrifica credibilidad y termina pareciendo una escena de terror caricaturesco.

La comedia oscura, los anacronismos musicales y la estilización extrema no son defectos por sí mismos. El problema es que aquí parecen pertenecer a producciones distintas. Por momentos vemos un drama de época; luego, una sátira; después, una fantasía feminista de venganza, y finalmente una especie de universo compartido de asesinas famosas. La serie cambia tanto de tono que nunca construye una identidad sólida.

Aileen Wuornos: el desvío que termina de romper la historia

La aparición de Aileen Wuornos, interpretada por Sarah Paulson, resume buena parte de los problemas de esta temporada. La intención parece ser comparar la manera en que la sociedad y la Justicia juzgan a distintas mujeres violentas, separadas por su época y su clase social. Esa podría haber sido una idea interesante para un ensayo o incluso para una serie diferente.

Aquí, sin embargo, la conexión se fuerza hasta el absurdo. La visita ficticia de Wuornos a la casa de los Borden, su supuesta fascinación por Lizzie y el encuentro simbólico del desenlace no enriquecen el caso central. Lo interrumpen. Cuando la temporada debería cerrar sus preguntas sobre Lizzie, deriva hacia una fantasía que parece más interesada en llamar la atención que en completar el relato.

El resultado no es profundo ni provocador, sino desconcertante. En lugar de relacionar con sutileza la misoginia, la clase social, la violencia y la construcción mediática de una “mujer monstruosa”, el guion reúne a sus figuras como si fueran personajes de una franquicia. El true crime se convierte en un extraño espectáculo de cruces imposibles.

Un reparto desaprovechado en una producción visualmente atractiva

No todo está mal. La ambientación, el vestuario y la fotografía ofrecen imágenes poderosas, y el reparto posee talento suficiente para sostener escenas mejores. Ella Beatty se entrega por completo a una Lizzie imprevisible, mientras Rebecca Hall y Vicky Krieps consiguen algunos momentos efectivos pese a la escritura excesiva de sus personajes.

Pero una buena factura visual y un elenco prestigioso no solucionan un guion sin medida. Cuanto más intentan los intérpretes aportar matices, más los empuja la narración hacia la caricatura. Incluso Sarah Paulson, una actriz capaz de dominar personajes extremos, queda atrapada en una trama que parece llegada desde otra serie.

Una gran oportunidad desperdiciada para los seguidores de Monstruo

La historia de Lizzie Borden no necesitaba que Netflix la hiciera más escandalosa. Ya contenía un crimen brutal, una familia llena de tensiones, una investigación cuestionada, un juicio convertido en espectáculo mediático y una mujer absuelta que quedó condenada para siempre por la opinión pública. También permitía analizar el peso del género, la riqueza, la religión y la reputación en la sociedad de 1892.

Esa era la serie que muchos seguidores de Monstruo esperábamos: inquietante, ambigua y psicológicamente compleja. En su lugar recibimos una versión que grita cuando debería sugerir, explica cuando debería sembrar dudas e inventa cuando los hechos reales ya eran fascinantes.

Veredicto: mucho ruido, poca credibilidad

Monstruo: La historia de Lizzie Borden puede entretener a quienes busquen una comedia negra sangrienta y no tengan interés en la historia real. Como aproximación al caso Borden, sin embargo, es una decepción. Su exceso de licencias artísticas elimina la ambigüedad, el sensacionalismo reemplaza a la tensión y los personajes se vuelven tan extremos que cuesta creer en ellos.

No es una mala serie porque se aparte de los hechos de vez en cuando. Es una mala serie porque sus invenciones no construyen una verdad dramática más poderosa: apenas producen más ruido, más morbo y menos profundidad. Después de cuatro entregas, Monstruo parece haber confundido provocación con complejidad. Y para quienes esperábamos mucho más de esta temporada, esa es la mayor lástima.

domingo, 20 de septiembre de 2026

Fatiga de suscripciones en 2026: Netflix y Spotify caen mientras la gente recorta el “cable digital”

Hay una cifra que parece confirmar que el negocio de las suscripciones se está derrumbando: las acciones de Netflix han perdido cerca de una cuarta parte de su valor desde que comenzó 2026. Las noticias de Spotify también muestran que cotiza por debajo del nivel con el que inició el año. A primera vista, la explicación parece sencilla: la inflación aprieta, las familias revisan sus gastos y las aplicaciones de pago son de las primeras en desaparecer de la tarjeta.

Sin embargo, hay un dato que cambia por completo esa historia. Spotify no está perdiendo suscriptores Premium: acaba de alcanzar un récord de 300 millones. Netflix, aunque atraviesa dudas sobre el tiempo que pasan sus usuarios dentro de la plataforma, sigue aumentando sus ingresos y sumando membresías. Entonces, ¿la gente está cortando realmente el “cable digital” o solo está aprendiendo a pagar de otra manera?

La respuesta importa porque una caída en Bolsa no significa automáticamente que millones de personas hayan pulsado el botón de cancelar. Lo que se está debilitando no es el deseo de escuchar música o ver series, sino la disposición a mantener cinco o seis pagos mensuales durante todo el año.

Fatiga de suscripciones

La fatiga de suscripciones existe, pero no funciona como muchos creen

El público no está abandonando el streaming para regresar en masa a la televisión por cable. Está rotando servicios, bajando a planes con anuncios y usando opciones gratuitas durante los meses en los que no hay un estreno imprescindible.

Una encuesta realizada en Estados Unidos durante 2026 ayuda a entender el cambio. El 52 % de los consultados afirmó haber cancelado un servicio de streaming o haber elegido un plan más barato después de una subida de precio. Un 38 % pasó de una modalidad sin publicidad a otra con anuncios durante el último año, mientras que el 43 % dijo que probablemente cancelaría al menos una plataforma en los siguientes tres meses.

Al mismo tiempo, el consumidor medio todavía paga 2,92 servicios de vídeo. Netflix, Amazon Prime Video y Hulu siguen entre los más contratados. Además, el 55 % de los encuestados reconoció que utiliza plataformas gratuitas con anuncios para evitar una nueva factura mensual. No es el final del streaming: es el final de la fidelidad automática.

Las aplicaciones de pago que más han caído en 2026

Para comparar correctamente a las grandes plataformas hay que separar tres indicadores: el valor de sus acciones, el número de suscriptores y el uso real de la aplicación. Con datos disponibles hasta el cierre bursátil del 18 de septiembre de 2026, esta es la fotografía más útil:

PlataformaSeñal de debilidad en 2026Lo que muestran sus últimos datos
NetflixSus acciones acumulan una caída cercana al 25 % en el añoLos ingresos del segundo trimestre crecieron un 13 % y las membresías continuaron aumentando
Paramount+La empresa matriz, Paramount Skydance, cae alrededor del 19 % en 2026El mercado teme el peso de la deuda, la reorganización del negocio y la dura competencia
SpotifySus acciones retroceden cerca del 11 % en el añoLos abonados Premium crecieron un 9 % y llegaron a 300 millones
Disney+La acción de Disney sigue bajo presión por varios negocios del grupoSu facturación por suscripciones de streaming aumentó un 15 % y la cancelación de Disney+ bajó en el último trimestre

La tabla deja una conclusión importante: Netflix, Spotify y Paramount se han venido abajo en Bolsa, pero no todas sus aplicaciones se han venido abajo en usuarios. El mercado financiero intenta anticipar el crecimiento futuro y puede castigar una empresa incluso cuando sus cifras actuales mejoran.

Netflix: la caída más fuerte está en la acción y en el tiempo de uso

Netflix es el caso que más preocupa en este momento. El 18 de septiembre sus acciones cerraron en 71,79 dólares, después de caer casi un 5 % en una sola jornada. En lo que va de 2026, la pérdida se acerca al 25 %.

El último golpe llegó por las dudas sobre la participación de los usuarios. Una estimación de analistas indica que el tiempo diario de visualización por suscriptor durante la primera mitad de 2026 fue un 8 % menor que en el mismo periodo de 2023. Esto no significa que Netflix haya perdido el 8 % de sus clientes. Significa que, en promedio, cada cuenta estaría pasando menos tiempo dentro del servicio.

La propia compañía informó que el total de horas vistas creció un 2 % en la primera mitad del año y superó los 97.000 millones. Las dos cifras pueden convivir: si la base de miembros aumenta, el consumo total puede subir aunque cada persona mire menos horas.

Los resultados financieros tampoco muestran un derrumbe. En el segundo trimestre, Netflix facturó 12.560 millones de dólares, un 13 % más que un año antes, y obtuvo un beneficio neto de 3.401 millones. El problema fue la previsión para los meses siguientes, algo más débil de lo que esperaba Wall Street, junto con el temor de que falten nuevas series capaces de convertirse en fenómenos mundiales.

También pesa el precio. En Estados Unidos, el plan con anuncios cuesta 8,99 dólares al mes, el Estándar sin anuncios llega a 19,99 y el Premium sube a 26,99. Esas tarifas explican por qué un usuario puede seguir queriendo Netflix y, aun así, cancelarlo durante dos meses para volver cuando se estrene una serie concreta.

Spotify no está perdiendo suscriptores Premium

La idea de que Spotify es la principal víctima de la fatiga de suscripciones necesita una corrección. Su acción sí atraviesa un año débil y acumula un retroceso aproximado del 11 %. Pero atribuir esa caída a una “inminente pérdida” de clientes Premium no coincide con los datos conocidos.

Spotify cerró el segundo trimestre de 2026 con 300 millones de suscriptores de pago, un 9 % más que un año antes. Sus usuarios activos mensuales crecieron un 12 %, hasta 777 millones, y los ingresos aumentaron un 14 %, hasta 4.800 millones de euros. Además, obtuvo 655 millones de euros de beneficio operativo.

La acción ha sufrido porque los inversores esperaban más crecimiento y porque la compañía está elevando el gasto en marketing y nuevas funciones de inteligencia artificial. También preocupa que las subidas de precio encuentren más resistencia en Europa y Norteamérica. Son riesgos reales, pero distintos de una fuga ya comprobada de abonados.

Tampoco es correcto seguir hablando de un pago de 10 dólares mensuales como referencia actual. Spotify Premium Individual cuesta 12,99 dólares al mes en Estados Unidos. Ese aumento hace que la versión gratuita con anuncios vuelva a ser atractiva para algunos usuarios, pero hasta ahora no ha impedido que la base Premium marque un máximo histórico.

Paramount+: el eslabón más frágil entre los grandes servicios

Paramount+ se encuentra en una situación más delicada. Las acciones de Paramount Skydance han caído alrededor del 19 % desde enero y cotizan muy lejos de su máximo anual. Su plan básico parte de 8,99 dólares mensuales en Estados Unidos y la versión Premium con Showtime cuesta 13,99 dólares.

El problema de Paramount no se puede reducir a una oleada de cancelaciones. La empresa está inmersa en una enorme reorganización, con una operación para combinar activos con Warner Bros. Discovery y una deuda que inquieta al mercado. Incluso se analiza el futuro de SkyShowtime, su proyecto europeo compartido con Comcast.

En este caso, la caída bursátil refleja dudas sobre el costo de competir, el dinero necesario para comprar derechos deportivos y la dificultad de mantener varias plataformas por separado. Paramount+ puede tener buenas series y eventos, pero ocupa una posición incómoda: no posee la escala global de Netflix ni puede apoyarse en un ecosistema tan amplio como Amazon Prime.

Disney+ demuestra que no todas las plataformas están retrocediendo

Disney+ sirve como contraste. Durante su tercer trimestre fiscal de 2026, los ingresos por suscripciones de Disney+, Hulu y sus otros servicios de vídeo bajo demanda crecieron un 15 % frente al año anterior. La empresa también informó una reducción de la tasa de cancelación de Disney+ tanto en Estados Unidos como en los mercados internacionales.

La estrategia de Disney explica hacia dónde se mueve el sector. En lugar de vender una sola aplicación, ofrece paquetes que reúnen Disney+, Hulu, HBO Max o ESPN. Así intenta que el usuario vea más valor en una factura conjunta y tenga menos motivos para cancelar después de terminar una serie.

Esto no elimina la fatiga de suscripciones. La transforma. El público acepta pagar si recibe varias cosas útiles en un mismo paquete, pero cuestiona cada vez más una colección de cobros separados.

¿Por qué Amazon Prime Video y Apple TV no aparecen en la comparación bursátil?

Prime Video está entre los servicios de vídeo de pago más usados y Apple TV es otro competidor importante. Sin embargo, comparar las acciones de Amazon o Apple con las de Netflix sería engañoso. El precio de esas compañías depende sobre todo del comercio electrónico, la nube, el iPhone y muchos otros negocios. Una subida o una caída de sus acciones no permite saber si la gente está cancelando Prime Video o Apple TV.

La misma precaución debe aplicarse a Disney, que también posee parques, cruceros, televisión, cine, deportes y productos de consumo. Por eso, la cotización sirve como una señal del ánimo de los inversores, pero nunca como un contador de bajas.

El “gasto hormiga digital” ya no pasa inadvertido

Durante años, cada plataforma parecía barata por separado. El problema aparece cuando se suman Netflix, Spotify, Disney+, almacenamiento en la nube, videojuegos, aplicaciones de edición y algún servicio deportivo. Un cobro de 9, 13 o 20 dólares parece pequeño hasta que la tarjeta reúne seis o siete todos los meses.

Ahora el usuario toma decisiones más activas. Mantiene una o dos suscripciones esenciales, alterna el resto según los estrenos, acepta anuncios para pagar menos y completa su entretenimiento con YouTube, Tubi, Pluto TV u otras opciones gratuitas. Algunas personas incluso se suscriben para ver una sola serie y cancelan en cuanto terminan la temporada.

Ese comportamiento hace más difícil interpretar las cifras. Una baja ya no siempre es un cliente perdido para siempre. Puede ser una pausa de tres meses. De hecho, el 55 % de los participantes en la encuesta estadounidense de 2026 había vuelto a contratar al menos un servicio que había cancelado anteriormente.

La verdadera crisis del streaming es la falta de permanencia

La gente sí está cortando el cable digital, pero no de la forma que sugiere un titular alarmista. No está dejando de ver series ni de escuchar música. Está dejando de pagar todas las aplicaciones al mismo tiempo y durante todo el año.

Netflix es hoy la señal de alerta más clara porque combina una fuerte caída bursátil con dudas sobre el tiempo de visualización. Paramount+ enfrenta problemas de escala, deuda y reorganización. Spotify también ha perdido valor en el mercado, aunque sus 300 millones de abonados Premium desmienten una fuga masiva. Disney+, por su parte, muestra que los paquetes y una oferta más amplia pueden reducir las cancelaciones.

El cambio de fondo es sencillo: antes, las plataformas elegían cuánto cobrar y el cliente seguía pagando por costumbre. En 2026, el cliente decide cada mes cuál merece quedarse. La guerra del streaming ya no consiste solo en conseguir suscriptores, sino en darles una razón para no pulsar “cancelar” cuando llegue la próxima factura.